Para que nos entendamos, estribor queda a nuestra izquierda, cuando subimos a bordo por la proa. Después de trece meses de viaje, muchas noches y horas muertas me han acogido en mi camarote de estribor. No es grande y no tiene excesivos lujos, a pesar de la nobleza de la madera que lo compone. Por curiosidad ajena, hoy, un dia cualquiera he medido oficialmente la estancia que acoge en silencioso mutismo mis reflexiones, conversaciones interiores y ratos de meditación. Taciturna si se quiere.
De largo hace seis metros escasos. De ancho tres metros diez. La altura, cercana a los dos metros. Una mesa de madera maciza, de noventa centímetros que acoge mis escritos i el ordenador. Unas estanterías en la misma pared amontonan los libros, papeles y varios útiles que me resultan necesarios por no decir imprescindibles. Una taza de loza, blanca en su día y hoy gastada, predomina en color crudo. Dicen que está de moda. Un plato hondo de loza que me regaló el vendedor de fideos en Japón y desde ese día, me acompañara cuando como a bordo. Una vieja figura tallada en madera, que rescate de un viejo artista loco, que firmaba sus obras como “Valls” y que vivió como muchos artistas de la pintura, miserablemente. Tenía su estudio y residencia en una buhardilla ruinosa y con goteras, donde las rendijas dejaban correr el aire de Horta de San Juan -donde Picasso inició el cubismo- y uno de los últimos pueblos de la provincia de Tarragona, antes de adentrarse en tierras de Teruel. De esto hace más de cuatro décadas.
Una figura enigmática que siempre mira todo lo que acontece. Hace tiempo que siempre me acompaña. Y en esta aventura, no podía ser menos. Una cama de dos metros de largo por noventa. Una cortina completamente opaca hace las veces de biombo. Un armario bien sujeto, al igual que la cama para impedir que gracias a una sacudida se pasee literalmente por la estancia. En la pared dos lámparas que puedo encender por separado, dándole la iluminación que necesito dependiendo si es lectura o escritura. La ventana, redonda con un punto ligeramente ovalado, como lo es la tierra por las cual navegamos buscado su cintura. Un ojo de buey que enaltezco por todo lo que deja entrever. Aunque los primeros días de navegación, mirar a través de el, me producía una sensación asustadiza, por el hecho de navegar escorados. En los días de tormenta, y navegando a vela, el agua parecía que se quería tragar el velero. En casi todas las travesías oceánicas el navegar escorados ha sido una constante. Inclinado en una reverencia permanente. Como si de la torre de Pisa se tratase.
El capitán Robert poco antes de cruzar en estrecho de Gibraltar y salir al Atlántico me comentó…
- A partir de hoy, estarás casi treinta días por debajo del nivel del mar.
En ese momento no lo entendí hasta que se largaron todas las velas y el velero empezó a coger dicha inclinación que nos ha acompañado en los últimos trece meses. Paradas a parte. La fuerza de los vientos, nuestro mejor combustible. Conforme el viento henchía las velas la fuerza que generaba empujaba para desplazar nuestro particular barquito. Poco a poco, esa inclinación requería por mi parte un gran esfuerzo para intentar dominarla. Pronto entendí que se ha de vivir con ella. Así que lo mejor es pensar que todo es normal. Miedo no llegué a pasar. Ni en los peores momentos cuando varias fuertes tormentas se cruzaron en nuestra travesía. Ese aprendizaje me fue muy bien. Sin él, no creo que hubiera podido soportar el estar en la cabina de mando, doblando el Cabo de Hornos, en pleno invierno, con la mar arbolada y olas de una altura por encima de los diez metros. De todas maneras, el ver que la gente de mí alrededor no mostraba preocupación en ningún momento resultó el complemento ideal para rebajar la tensión. Hay que aplicar una máxima oriental que dice… si tu estas tranquilo, ¿por qué no he de estarlo yo?
Filosofía a parte, al mar, le tengo un respeto total. Una vehemencia que casi roza la adoración pagana. Sólo me faltaría lanzarle pétalos de rosa y jazmín mientras sacrifico a una pobre gallina desde el bauprés al tiempo que con los brazos en cruz ofrezco tamaño sacrificio al dios Neptuno. Los primeros días, mirar por mi ojo de buey, era de una sugestión tal que siempre prefería subir a cubierta, o bien sin molestar estar en la cabina de mando, en el puente de navegación. Desde mi ventana circular, el océano la cubría cada vez que la proa le hincaba el diente afilado a cualquier ola para demolerla sin contemplación. Los primeros días, no sabía como ponerme. Todo se movía. Nada estaba quieto. Pronto aprendí a recostarme sobre la pared. Aprovechado la inclinación. Dos almohadones me dieron una comodidad casi perfecta.
Hoy en día, después de alguna milla por encima de las cincuenta mil, ando con normalidad, duermo sin sobresaltos y nada de lo que acontece rompe la disciplina de aquello que hago. Sea leer, escribir, hablar, tocar la campana o mirar a través de mi especial ventana.
Serigb Tendrub