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Don Francisco

14/10/2007

.-Don Francisco, hace un café?
.-No espere más y pídalo!
    El preámbulo a una conversación suelen ser matices sin importancia. Pero hablar con él, en su feudo tertuliano del café Gijón, solía ser para enriquecer las ideas mas insospechadas que pudiéramos tener. No en vamos los últimos años fáciles para todos, han sido testigos de sus idas y venidas, -diarias siempre que podía- a su pulpito majestuoso, donde sustituía el atril de los músicos, por su mesa de toda la vida, con patas firmes de hierro forjado y tapete inmaculado de mármol blanco. Quizás este no era de “Carrara“, pero sólo el hecho de estar impregnado por su carácter, ya lo hace tan inmortal como la literatura se encargara de hacer con su figura. Su batuta siempre fue una pluma con tinta negra.
.-Resalta más sobre el blanco impoluto de una cuartilla.
   Dijo en cierta entrevista que le hicieron a poco de publicar “La noche que llegué al café Gijón”.
   Apostillando con su clásica vehemencia…
.-Manías de escritor.
   Poco tiempo después, le vieron escribir en azul y matizar al respecto…
.-También resalta sobre el blanco académico de una cuartilla.

Su imagen unida a su voz, siempre atada a un viejo abrigo que lucia como nuevo, su bufanda blanca, sus gafas de pasta y ese canoso pelo sin peinar que hacían de el, solo por verlo, un personaje de cierta inquietud, unas veces para conocerlo, otras, simplemente para verlo, observarlo en silencio. Sus gestos rutilantes, perennes y ciertos. 

El periodismo de hoy en día, pierde a un gran columnista. El último de las grandes generaciones que dotaron a este país de un intelecto de cambio. Tanto social como político. Leer entrelineas sus columnas diarias, eran todo un ejercicio de sutilezas lingüísticas. Una cátedra literaria, dominada con maestría solemne. Con la tranquilidad que da el no ser, ni sentirse mediocre escribiendo. Su columna de la contraportada del diario “El Mundo”, le daba tintes de portada diaria. Muchos empezaban leyendo el diario por “detrás”.

Curiosa y anecdótica es su última columna publicada el pasado veintiocho de julio tocando con su fluidez sutil a un personaje tan curioso como controvertido, Eugeni d’Ors. Protagonista éste, de una abdicación sobre su lengua materna, el catalán, que lo llevo a “exiliarse” en Madrid y escribir sus últimas obras en castellano. Hoy sus restos descansan en el cementerio de Vilafranca del Penedès. 

Columnas aparte, la muerte de un escritor siempre deja una vacante insustituible. Francisco Umbral, no tomara más café en el Gijón, ni sus pasos, dejaran indiferentes a los paseantes de la Castellana. Ni la gran Vía volverá a reflejar su tardía sombra quijotesca. Sólo las hemerotecas mantendrán ese pulso entre el olvido y la relectura de sus vocablos plasmados en cientos, miles de cuartillas blancas, donde el color sea negro o azul según tercie, resaltaba los trazos de su muñeca mientras creaba palabras. El repiqueteo de su vieja “olivetti” jubilado por su ausencia vivirá un futuro de recuerdos… como la mayoría de los que nos acostumbramos a su esencia literaria.

Serigb Tendrub